A los veinticinco años, Rebecca Lamarche-Vedel es la curadora más joven del Palais de Tokyo, un centro de exhibiciones de gran prestigio internacional. Aquí su visión del mundo del arte, sus vinculaciones con la política y el rol de la crítica hoy.
Comencemos hablando de tu formación: tus padres estuvieron involucrados de una u otra manera en el mundo del arte, ¿cómo fue para vos crecer en ese ambiente?
Yo nací en Bretaña, en el oeste de Francia. Mi madre era artista y mi padre coleccionista de arte y escritor, por lo que crecí en un ambiente muy intelectual, rodeada de obras y de artistas que iban seguido a nuestra casa a visitarnos. También recuerdo jugar mucho en el estudio de mi madre… Supongo que ese es un poco el trasfondo de todo lo que hice después: las conversaciones y debates sobre el arte francés e internacional que ocurrían hasta cualquier hora allí.
Pero además estudiaste Ciencias Políticas.
Sí, es verdad. Para mí era muy importante no hacer lo mismo que mis padres hacían. Estaba fascinada con las relaciones internacionales y la diplomacia: mi deseo era trabajar en ese campo. De alguna manera es lo que estoy haciendo ahora en el Palais de Tokyo (risas). De todos modos, siempre estuve interesada en el arte y mis estudios de política me dieron muchas herramientas para pensar sobre el arte y, sobretodo, me brindaron la posibilidad de pensar el tema desde afuera: las ideas más interesantes sobre el arte provienen casi siempre de personas que no tienen directamente una formación artística. Son lecturas filosóficas, literarias, sociológicas, políticas; hoy podés atacar el problema del arte desde muchos aspectos.
Por eso creo que es muy importante no quedarse encerrado en ese ámbito. Solemos tener la impresión de que el mundo del arte es un entorno cerrado, un bote solitario que sigue su camino independientemente del mundo real. Por eso es tan importante para mí vincular ambos mundos y trabajar con artistas que son capaces de hacerlo.
Mucho del arte actual se presenta como político y teóricos como Jacques Rancière, quien se ocupa específicamente de los cruces entre arte y política, tienen mucha visibilidad.
El arte fue político desde sus comienzos. Necesariamente es político, ya que todo gesto creativo es político de algún modo. Pienso en el dadaísmo, por ejemplo. Incluso podría decirse que cuando los impresionistas decidieron salir de sus estudios fue un gesto político: una liberación del lugar especializado al que habían sido confinados los artistas, en el que se suponía que debían trabajar, para volcarse hacia el mundo real y sus colores. Lo que cambia, en realidad, es el modo en que presentamos el arte. Ahora bien, muchas bienales hoy en día intentan presentar al arte de un modo político muy determinado, con el que no necesariamente estoy de acuerdo. Muchas veces se busca darle al arte una función, un propósito, instrumentalizarlo como una herramienta política. En general no comparto mucho esta visión funcionalista del arte.
Recientemente hablaba con Nicolas Muller, un artista que es dibujante y que básicamente trabaja con líneas. Conversamos acerca de cómo su obra se vincula con la política, incluso si no habla de ella o si ni siquiera la muestra de ningún modo: las cosas no son tan obvias cuando hablamos de arte.
¿Hay vida entonces más allá del modelo de relación entre arte y política propuesta, por ejemplo, por el realismo socialista en el siglo pasado, que implicaba la representación directa y lineal de temas, héroes y gestas?
Absolutamente. El realismo socialista fue un instrumento de la política, una herramienta ideológica de propaganda. Yo prefiero hablar acerca de cómo los artistas son capaces de realizar gestos políticos. Lo que podemos llamar “político” en el arte de hoy es la libertad de la que gozan muchos de los artistas contemporáneos, no todos: la libertad para elegir una posición y defenderla. Este es un “buen sentido” de lo político, muy diferente a la ideología o la propaganda. La política está en el gesto, no en la imagen. Cuando Malevich decidió rechazar toda tradición figurativa y pintar un cuadrado blanco sobre un fondo blanco, fue un gesto sumamente político. Es una postura incluso más fuerte que la del realismo socialista.







