Leandro Erlich

Leandro Erlich

Digamos algunas cosas sobre Leandro Erlich, un tipo nacido en Buenos Aires en 1973. Para empezar, la obviedad de que muy probablemente sea el más internacional de los artistas argentinos actuales. Otra de sus grandes señas de identidad es que es una especie de artista-arquitecto: en sus instalaciones los lenguajes de la arquitectura y el arte se entrecruzan de tal forma que es casi imposible determinar dónde comienza uno y termina el otro. De muy jovencito formó parte del mítico Taller de Barracas, un laboratorio de artistas que en la década del noventa tutelaban Luis F. Benedit y Pablo Suárez y por el que pasó buena parte de la crème del arte de la época, gente de la talla de Nicola Costantino o Martín DiGirolamo, entre tantos otros. Luego, Erlich continuó formándose y expuso en ciudades tan diversas como Houston, París y Tokio, sorprendiendo con sus creaciones espaciales y participativas. Por primera vez, este año tuvo la posibilidad de desarrollar obras de gran escala aquí en su país, con las piezas que proyectó para la Usina de las Artes y Tecnópolis. Este mes, tras cinco años sin exponer en Buenos Aires, exhibe sus últimos trabajos en la galería Ruth Benzacar. Hace algunos días, sentado en su taller del barrio de Colegiales, conversó con PUL sobre su pasión por los procesos y la arquitectura. Y también acerca de sus impactantes instalaciones, en las que plantea espacios donde la percepción de la realidad cambia, se ve modificada, poniendo al espectador frente al desafío de agudizar la mirada, participar y dejarse llevar.

 

Tu última exposición en Buenos Aires fue en 2007, casi una eternidad. ¿Cómo va ser el regreso a tu ciudad? 

Para empezar,  tomaré las dos salas de la galería, lo cual no es habitual. Con esta muestra tengo, por un lado, la oportunidad de experimentar el hecho de mostrar en la ciudad en la que vivo, con lo que las cosas son de alguna forma más fácil. Y por otro, la posibilidad de mostrar lo que estuve produciendo los últimos cinco años como un pantallazo. Un conjunto de piezas, algunas muy nuevitas y otras no tanto, pero que todas son inéditas en la Argentina. Un conjunto de nubes, una obra que es una nueva versión de una que hice el año pasado para una exposición en Nueva York en torno del tema de los ascensores, que es algo así como una conversación de ascensor. Y otra instalación, en el estilo de unas que vengo haciendo en las que se combinan objetos y videos.

¿Qué le aporta el video a tu lenguaje artístico, que siempre fue más estático, de cierta quietud arquitectónica?

Aporta la idea de la creación de una ficción en relación con el espacio, pero también creo que el video articula las cosas desde otro lugar. Esta técnica guarda un potencial muy grande y por eso me interesó explorarla. No existe ningún engaño en la percepción a partir del video: cuando uno está frente a una proyección entiende cuál es el mecanismo. La idea no es confundir pero sí plantear una suerte de expansividad en relación con el espacio, que es mágica y que me parece muy poética. Se trata, simplemente, de usar parte de las posibilidades que brinda el video como medio.

Sentado en su estudio, recortado en la luz nubosa de un día de lluvia porteño que traspasa los grandes ventanales, Erlich se detiene, minucioso, y se explaya en un tema que atraviesa su obra: las complejidades que rodean a la percepción. “Hoy ya no nos planteamos el aspecto mágico de ver un espacio dinámico; lo que es una proyección ya no nos sorprende. Hay una especie de acostumbramiento. Pero una proyección es en sí algo mágico, quizás hasta naíf. Mi intención es revisitar algo que me parece muy interesante, pero que lo tenemos tan incorporado que no nos sorprende. Creo que un video desde el punto de vista fenomenológico es muy parecido a lo que plantea la realidad tras una ventana: un espacio que nos permite ver a través de la luz una situación donde hay movimiento; no es la fotografía. Así que es como una ventana virtual, y digo que es naíf porque no hay ánimo de hacer creer que eso es una ventana. Simplemente rescatar una cierta belleza en la utilización del recurso del video para construir una realidad.”

 

Por estos días hay dos megainstalaciones tuyas para ver en la Argentina. Algo que todavía no te había pasado. ¿Cómo fueron las experiencias en la Usina de las Artes y en Tecnópolis?

Fue una experiencia fantástica. Los dos son proyectos ambiciosos con mucha escala y mucha producción. Por un lado, es una satisfacción poder hacerlos y mostrarlo acá. Pasa que hay mucha gente, no sólo en Argentina también de otros lugares, que conoce mi trabajo por documentación, por la web o por la prensa. Es limitada la gente que realmente vio o participó en la experiencia de una instalación. Y, por otro lado, trabajar acá en mi país me resulta muy interesante porque hacer una megainstalación en otro país requiere de una logística mucho más compleja. Hacer una obra en el extranjero se da de diferentes maneras, algunas veces se hace una parte en el estudio y otra cuando se monta en el centro de arte o en el museo. Y si el lugar tiene un equipo de producción, uno se termina alejando de la obra, en el seguimiento de cerca. Y por supuesto que la comunicación es mucho más trabajosa. Esto seguro le pasa a cualquiera y en cualquier ámbito. Así que fue un placer la posibilidad de hacerlo a 20 cuadras del estudio y trabajando con mi equipo de seis años; es más llevadero, entretenido y más dinámico.

 

Concretamente, ¿cómo fueron las experiencias y los resultados?

Fueron dos cosas diferentes. Tecnópolis es un lugar que tiene de interesante la cuestión masiva de presentar una obra a un público más amplio que no necesariamente visita el museo o la galería, pero con la complejidad de que no es un lugar preparado o adecuado para mostrar arte; así que de alguna manera el tema del contexto de la obra influye. Porque te encontrás con la situación de que la obra está rodeada de stands, por ejemplo, de la Cámara Argentina del Juguete. Igualmente rescato el hecho de que es un lugar al que accede mucha gente y de esta manera el arte tiene así la posibilidad de hacer una contribución a la educación, a la cultura y, en ese sentido, me parece buenísimo.

Con respecto a la Usina, es un espacio increíble el edificio en sí, pero todavía no tiene un régimen de funcionamiento desde que abrió. Está empezando a articularse como espacio cultural para la ciudad.

Ambas fueron experiencias muy positivas. Fundamentalmente porque sin el apoyo, en un caso del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y en el otro del Gobierno de la Nación, para producir una obra y sin el espacio específico para realizarla este tipo de creación no se puede llevar a cabo. Fueron dos grandes oportunidades y se dieron las condiciones necesarias para hacerlas.

 

Las dos obras, sobre todo la de Tecnópolis, están pensadas para ser intervenidas por el público, ¿cómo es la reacción de la gente?

Estoy contento, contentísimo, aunque es muy temprano –aún están en exposición–, no puedo brindar un balance final. Sí he tenido devoluciones del público que las visitó, gente que conocía las obras por fotos. Pasa algo raro con las instalaciones. Si uno fuera pintor, conocer una pintura por foto no sería lo mismo que verla personalmente; pero con una instalación…

Noto que mis obras viajan muchísimo en imágenes, hay una propagación de información en torno del trabajo que va por la web, que circula, que hace que la gente de alguna manera conozca las obras, pero que en realidad no las conoce porque no las vivenció. Y te diría que la distancia entre conocerlas y verlas realmente es incluso mayor que lo que pasa en la música entre la diferencia de escuchar un tema de una banda y la experiencia de escuchar a la banda en vivo. En el caso de una instalación lo que uno conoce es una parte mínima de la obra porque se propone una experiencia física que involucra una participación. El espectador se articula como actor en la obra. Y el espectador que conoce la obra por foto ve otros actores pero nunca está participando…

 

¿Cómo es tu método o el proceso de trabajo para llevar adelante las instalaciones?

Cambia constantemente, no hay un método. Cada obra es diferente. Siempre hay un equipo que trabaja en diferentes partes del proyecto. Yo tengo una idea que hay que desarrollar. No digo que sea como hacer una película, porque no es esa la escala, pero se involucra gente con diferentes métiers. Las obras requieren de diferentes cosas específicas, distintas técnicas. En unos casos hay que crear estructuras metálicas o un video. Hace poco hice una instalación sonora y trabajé con un ingeniero en sonido. La idea dicta las pautas para el proceso. Hay una idea y ése es el origen. El proceso es como llevar a cabo la idea.

 

¿Creés que cambia la forma de entender tu obra según el país en que expongas?

Viví muchos años afuera y continúo haciendo cosas en el exterior. Tiene un aspecto muy estimulante encontrarse con otro público, otra cultura. Es súper interesante involucrarse con otra cultura desde el lugar del trabajo y es algo muy distinto a hacer turismo. Y, por el otro lado, trabajar en mi país, en mi ciudad, es muy agradable: uno conoce los códigos, entendés perfectamente las posibilidades  y las limitaciones. En términos de producción uno conoce las cosas que se producen y las que se pueden hacer. A veces uno empuja un poco los límites y trata de ir más allá. Cuando estás produciendo algo, si no conocés bien el terreno, es muy difícil saber hasta dónde podés ir.

Por ejemplo, somos una sociedad que no tiene un acceso fácil a la alta tecnología. La técnica, en términos audiovisuales, es cara. Pero tenemos otras cosas y saberlo va moldeando un proyecto, descartando o construyendo las ideas. Son caminos diferentes. Pero, más allá de cualquier cosa, para mí acá es más cómodo. Hoy me resulta tan estimulante mostrar una instalación en Buenos Aires como que me inviten del Pompidou. Al comienzo del camino uno tiene muchísimos sueños y, en la medida en que esos sueños se empiezan a realizar, uno busca otros estímulos, otros desafíos.

 

¿Qué recuerdo tenés de tu formación en aquel mítico taller de Barracas?

El Taller de Barracas fue un espacio  importantísimo para mí. Fueron dos años de muchísimo aprendizaje. No de una formación académica, ya que era un taller para artistas que ya estaban encaminados, sino más bien creativa y personal. De ese grupo yo era el más chico y conocer a Benedit y a Pablo Suárez fue un gran estímulo. A veces pienso que es muy importante que ese tipo de cosas existan: espacios que generen no solamente un tema de educación, sino de estímulo. Fue megaimportante para mí, un lugar clave. E incluso a partir de Barracas se dio ese intercambio por el cual terminé en Houston. De alguna manera, fue por eso que tuve la oportunidad de hacer mi experiencia en el exterior.